46 años de fecundo sacerdocio
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El P. Horacio fue ordenado sacerdote en 1964 en Friburgo, Suiza. Presentamos aquí una breve reseña de su vida sacerdotal, junto a un discurso que miembros de nuestra rama le dedicaron recientemente en la celebración de los 46 años de su ordenación.
Presentamos aquí una breve reseña de la vida del P. Horacio, escrita por Juan Enrique Coeymans y publicada en Schoenstatt.de: El Padre Horacio entró al Movimiento siendo joven, en el año 1952, a uno de los grupos fundadores de la Juventud Masculina del Movimiento en Chile, asesorados por el Padre Ernensto Duran, cuyo ideal era Ne que Mors (tomado de san Pablo: Ne que mors, ni la muerte nos separará de Cristo). Padres PelícanosEn el año 1957 ingresó al Noviciado de los Padres Pallotinos en Pirque, Chile, y posteriormente entra a la Comunidad de los Padres de Schoenstatt, cuando esta se funda en 1965. En la comunidad pallotina tuvo como ideal de Curso el ser "Padres Pelícanos Atado del PastorLuego se funde ese curso con otros más en el año 1964, y sacan como ideal "Vinctus Pastoris", atado o amarrado del Pastor, para mostrar su deseo de vivir en íntima dependencia y unidad con Cristo Pastor. En 1964 es ordenado sacerdote en Friburgo, Suiza, y en el año 1966, luego de terminar sus estudios, comienza su ministerio sacerdotal en América Latina. La mayor parte de su vida sacerdotal la dedicó a formar matrimonios y a la educación de miles de parejas de novios: quería ayudar a formar familias santas. Por eso, su muerte en la Fiesta de la Sagrada Familia es simbólica para muchos. De su vida, tres cosas quisiera destacar: Su alegría inmensa, constante, y filialRecuerdo que en Friburgo, Suiza, en el año que viví junto a él en Villa Therése, todos los días, incluso cuando el viento del África descomponía el carácter y el genio de los más santos, él siempre subía y bajaba las escaleras de esa inmensa casa, corriendo y silbando, cantando y alegre. Nuestro padre fundador decía que para canonizar a alguien sólo examinaría si fue heroico en la alegría. El lo fue, porque fue niño chico delante de Dios y de la Mater como pocos. La alegría es la señal de los niños pequeños ante Dios. Su paternidad fiel y disponibleEn una agenda sobrecargada, siempre se daba tiempo, no sabemos cómo, para atender lo que se le pidiera: un entierro, un bautizo, una postura de anillos, un matrimonio, lo que fuera. Sus hijos sentían que él estaba siempre junto a ellos, con cara sonriente (cuánto le debe haber costado muchas veces, venciendo dolores y angustias). Tenía una fidelidad que hacía honor a su ideal de Ne que Mors, pero también una entrega crucificada como la del Pelícano, símbolo de Cristo, que se abre el pecho para alimentar a sus polluelos. Y lo tercero, su amor profundo a la Eucaristía y a MaríaCuando celebraba Misa, lo hacía con una sencillez, humildad y solemnidad a la vez increíbles. En el momento de la consagración, decía con una concentración, lentitud y solemnidad las palabras, no porque tuviera una visión mágica de la Eucaristía, sino porque sabía y sentía lo tremendo que conllevaban esas palabras consagratorias. Y eso, con un cariño a la Mater, de niño chico, que se sabía querido. Su vida es la de un Pelícano, que se entregó por entero paternalmente a su pueblo, amarrado a Cristo Pastor, que da la vida por sus ovejas, con una fidelidad hasta la muerte. Los años, y sin adelantarnos al juicio de la Iglesia, mostrarán que el Padre Horacio, tan querido por todos, porque derramó amor a raudales como otro Cristo para nuestro tiempo, ha sido una alegre visita de Dios, y la imagen de lo que es un verdadero sacerdote santo, hijo y discípulo de nuestro padre Fundador.
Celebración de sus 46 años de sacerdocioEl pasado 21 de Diciembre el P. Horacio cumplió 46 años de sacerdocio, junto con el P. Lucho Ramírez, P. Hernán Alessandri y P. Jorge Ávila. Quisimos celebrarlos y agradecer a Dios por cada uno de ellos, por que han sido sacerdotes ejemplares, fieles representantes de Cristo y en particular dar gracias por el sacerdocio tan fecundo del padre Horacio, verdadero padre y buen pastor. La misa la celebró el padre Sidney Fones acompañado del Padre jesuita Fernando Salas y el Padre Lucho nos dijo unas emocionadas palabras. Finalmente la Chica Pérez y Gustavo Subercaseaux leyeron un maravilloso homenaje al padre Horacio:
Acción de gracias por los 46 años de sacerdocio del Padre Horacio Rivas, Padre Lucho Ramírez y P. Hernán Alessandri
Queremos dar gracias por los 46 años de sacerdocio del Padre Lucho Ramírez, del Padre Horacio Rivas y del Padre Hernán Alessandri, quien nos acompaña desde el cielo. Cuando emprendemos el camino de nuestras vidas, con la invitación de Dios para vivirla plenamente según su querer, llegando a ser aquel sueño que Dios tuvo para cada uno de nosotros, ¡Cuánta gratitud sentimos hacia Dios, por regalarnos a sacerdotes que son una fiel imagen del Buen Pastor en la tierra, un padre, un papá, como lo han sido el Padre Lucho, el Padre Hernán y el Padre Horacio, que nos han enseñado a caminar y nos han acompañado en ese camino, como el Buen Pastor! Gracias Padre Lucho, por estar siempre atento a cada necesidad nuestra, por su generosa entrega llegando a ser heroica, por sus sabios consejos, por enseñarnos cada día con su testimonio de vida, por mostrarnos una profunda fidelidad a Cristo y a la Mater, por transmitirnos siempre esperanza y entusiasmo de vivir la vida, según el querer de Dios. Gracias Padre Hernán, por su vida que estuvo al servicio de los demás, especialmente de las niñas y niños más vulnerados de nuestro país, a través de su maravillosa obra como lo es María Ayuda, que ha permitido regalarle a cada niña y niño esperanza a través de la experiencia de sentirse amados. También, queremos agradecer muy especialmente al Padre Horacio Rivas y acompañarlo en su enfermedad. Poder expresarle toda nuestra gratitud a través de esta eucaristía y de estas palabras. Agradecerle Padre Horacio por ser nuestro Buen Pastor, que con su profunda cercanía, humildad y sencillez tan característica, y con una delicadeza sobrenatural, nos ha tomado de la mano, no para aferrarnos a la suya y quedarnos allí, sino para unirla a la mano de la Mater con tanta fuerza, que hemos podido hasta tocar ese corazón de Madre y a través de Ella, el de su Hijo Jesucristo. Un Buen Pastor, que en este mundo tan impersonal, nos ha conocido y llamado a cada uno por nuestro nombre y no sólo eso, ha conocido nuestras necesidades, nuestras fortalezas y debilidades y nos ha valorado en nuestra originalidad. Un padre que con ese amor incondicional que sólo se experimenta desde la paternidad, nos ha permitido sentirnos profundamente acogidos, siempre con una sonrisa cálida, jamás haciéndonos sentir como la oveja descarriada sino, haciéndonos sentir lo profundamente amados que somos por Dios y la Mater. ¡Y nosotros reconocemos su voz, porque es la voz de quien nos ama y busca nuestro bien! Un padre que ante todo confía en la persona, que nos ha transmitido en todo momento “tú vales, tú puedes”, y no sólo tú vales y puedes sino, también, que Ella, la gran Educadora, necesita de cada uno de nosotros. “Nada sin ti, nada sin nosotros”. ¡Qué grandes hemos podido sentirnos desde nuestra pequeñez, gracias a ese reconocimiento permanente de nuestra dignidad y que el Padre Horacio, nos ha mostrado con tanta fuerza! Un Pastor Bueno, siempre resaltando lo positivo, siempre con una palabra cariñosa, siempre descubriendo lo mejor de cada oveja e incentivándonos a dar la mejor lana y a entretejer con ella una verdadera red de vínculos que nos hace sentirnos una gran familia de hermanos, en donde puedan latir corazones muy diferentes, con distintas realidades, pero todos igualmente hijos de Dios y de la Mater. Un padre terrenal y a la vez, sobrenatural, capaz de unir con tanta naturalidad fe y vida, que nos ha enseñado a tocar el pulso del tiempo y a la vez, escuchar el sonido palpitante del corazón de Dios que nos habla tiernamente en todo momento, a través de las personas y circunstancias. Así, nos ha enseñado a creer en la Providencia Divina, en un Dios que sale a nuestro encuentro en cada momento, y en cada persona, respondiendo a nuestras necesidades, muchas veces muy humanas, y a comprender que su querer Providencial siempre será bondadoso, aunque no lo comprendamos plenamente. Un Buen Pastor unido vitalmente a cada una de sus ovejas y a la vez, libre como las aves del campo, siempre actuando con una seguridad tal, una libertad tal que sólo la vive quien sabe cuál es el bien, cómo se hace el bien, cómo se busca el bien así, nos ha enseñado que la libertad no es externa, sino que es la máxima expresión interior de ser y estar profundamente comprometidos. Un padre que ha sido capaz de gozar y alegrarse con cada alegría nuestra, como también sufrir con cada dolor nuestro, porque cuando los corazones están unidos como lo está el del Buen Pastor con cada una de sus ovejas, laten al unísono, viven unidos aunque sea en la distancia, se alegran juntos y sufren juntos, sin necesitar grandes discursos ni cátedras, sólo experimentando la cercanía del vínculo profundo de un padre con su hijo. Un Buen Pastor que nos ha exigido porque ha creído en cada uno de nosotros, pero con una exigencia que no ahoga ni aplasta sino por el contrario, nos libera y eleva, invitándonos a mirar hacia lo alto, a tener grandes ideales de vida, a creer que es posible, a aspirar a la santidad, una santidad diaria, que pasa primeramente por el prójimo, y a descubrir en ese prójimo; esposo, esposa, madre, padre, hijo, hija, hermanos o amigos, cercanos o lejanos, el rostro amoroso de Dios. Un padre, que no ha necesitado hablarnos del Fundador, porque con su vida, con su testimonio hemos podido captar la grandeza del Padre Kentenich y asumir su Misión de transformarnos en hombres nuevos para construir un mundo mejor, entendiendo que sólo eso lo lograremos a través del amor, un amor orgánico, capaz de vivir cada día con la fuerza de la Alianza de Amor con María, con las gracias del Santuario en que nos sentimos abrazados por la Mater, transformados en nuestra debilidad y enviados como apóstoles a transformar el mundo de hoy que tanto lo necesita. Un Buen Pastor, que siguiendo el ejemplo del Padre Kentenich, ha amado vitalmente a la Iglesia, a cada uno de sus miembros, a cada laico y a cada miembro de su jerarquía, a todos por igual, sin importar el rango, pero siempre importando la persona e invitándonos a ser parte activa de la Iglesia, no como un mandato, sí como una invitación fascinante de hacernos responsables de nuestra propia Iglesia y quererla con toda su verdad. Un padre que ha tenido la capacidad de llegar a todos, niños, jóvenes, adultos, ancianos, porque es capaz de captar el lenguaje del alma, no quedarse en la forma, en lo externo, pudiendo encender los corazones con renovadas fuerzas. Un Buen Pastor, ante todo respetuoso de la persona y sus procesos de vida, capaz de no apurar los tiempos, siempre regando, abonando, porque sabe que esa semilla florecerá en los tiempos de Dios, que no son nuestros tiempos. Un padre que nos ha mostrado que la autoridad es aquella que sirve a la vida, desde la verdad del tú y no como un autoritarismo que violenta y atrofia las posibilidades de desarrollo del otro. Un padre que nos ha educado, enseñándonos a recoger lo mejor del otro y responder a sus necesidades, saliendo de sí mismos, para servir a los demás, único camino para ser felices. Un padre que ha entendido desde siempre, que lo grande se gesta desde lo pequeño, lo que aparentemente es insignificante a los ojos del mundo, es grande a los ojos de Dios. Es así, como Pastor visionario, ha podido captar necesidades del mundo de hoy y responder a ellas, sin grandes anuncios, pero con una trascendencia radical, que ha permitido a cada matrimonio, a cada familia, a cada joven, a hombres y mujeres, a crecer en el amor verdadero, en muchos casos doloroso, pero comprendiendo el sentido de la cruz y la resurrección. Así, nos ha enseñado a ser mejores personas, a desarrollar y regalar lo mejor de sí, a construir un mundo mejor desde la realidad de cada uno de nosotros. Y este mundo ha sido mejor, porque hemos tenido el gran regalo de contar con nuestro querido Padre Horacio, como nuestro Buen Pastor, quien ha sido capaz de dar la vida por cada uno de nosotros. Muy querido Padre Horacio, su vida nos ha marcado a sangre y fuego y su gran legado, fruto de estos 46 años de sacerdocio, trascenderá a todas las nuevas generaciones. Hoy estamos unidos en la cruz, una cruz dolorosa, desgarradora, pero una cruz de unidad, de gratitud y también de alegría, nos colmamos con toda la inmensa riqueza de su vida, con sus enseñanzas, con su ejemplo y consejo, con la paz y la alegría que nos ha transmitido en esa cálida sonrisa que aún ha podido mantener en los momentos de dolor. Asumimos su gran legado, de llevar esa sonrisa a los demás, especialmente a cada pareja de pololos, novios y a cada matrimonio, especialmente a nuestros hijos, que puedan ver en cada uno de nosotros la maravilla de vivir por amor, con amor y para amar. Damos las gracias a Dios y a la Mater, por regalarnos al Padre Horacio, quien ha sido un fiel modelo del Buen Pastor, capaz de dar la vida por sus ovejas. |
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