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Despedida del Padre Horacio

Una multitudinaria despedida tuvo el P. Horacio en Bellavista. Varios cientos de personas acudieron a entregarle su cariño y a acompañarlo en su partida hacia el Padre Dios.    

 

Cuando a fines de Septiembre, después de muchos días de hospitalización y de incertidumbre, nos llegó la preciosa carta del Padre Horacio, debimos entender que la partida sería inminente, pero nuestros corazones no estaban preparados para dejarlo ir. Por eso rezamos mucho, pidiendo un milagro, acompañándolo en el dolor, pidiendo su paz, según sus deseos. Fuimos una gran familia unida en la oración y en el amor a un padre común.

Tuvimos la oportunidad de verlo, estar con él, participar en sus misas. Dios le regaló la fortaleza para vivir su último tiempo rodeado de sus seres queridos, para donarse hasta el final y en forma heroica a los suyos. Lo vimos deteriorarse físicamente. La última vez que salió a nuestro encuentro, el miércoles 15, acompañó la misa desde su silla de ruedas, luego lo llevaron al Santuario donde recibió el saludo de todos los que se le acercaron y repartió muchas bendiciones, al salir, un grupo lo esperábamos y pudimos acompañarlo hasta su auto. Para cada uno tuvo una palabra, para todos una sonrisa, mirándonos por la ventana del auto movió su mano despidiéndose, en un gesto que nos recordó los videos del Padre Kentenich. Quienes lo vimos supimos que era un “hasta el cielo”.

El día de Navidad fue trasladado a Bellavista para celebrar junto a la comunidad de padres. Pudo despedirse así de sus hermanos de comunidad. Ese día se cumplían los 50 años de la Cruz de la Unidad, necesario y significativo símbolo, en cuya gestación participó activamente el curso del Padre Horacio.

La mañana siguiente él partía a su viaje definitivo hacia el encuentro con el Padre Dios. En el día de la Sagrada Familia, recordándonos que fue a las familias a quienes dedicó gran parte de su labor apostólica, tanto por los muchísimos matrimonios a quienes preparó y casó, por los grupos de pololos que formó y que tanto quiso, por el grupo de mujeres separadas a quienes sustentó con gran cariño, como por las ramas de familias de las que fue asesor por muchos años.

Al poco tiempo de llegar a Bellavista, su alma partió en paz. Antes de dejar la capilla de los padres hacia la Iglesia del Espíritu Santo, quienes estaban ahí asperjaron su ataúd con agua bendita y lo acompañaron en procesión hacia la Iglesia, en un momento de gran emoción e intimidad.

Esa tarde en la misa celebrada por el Padre Mariano Irureta, provincial de los padres de Schoenstatt en Chile y concelebrada por muchos hermanos sacerdotes nos reunimos muchas personas. El Padre Mariano nos dijo que, así como para nosotros él había sido un padre especial que nos acogió siempre con su sonrisa y su sencillez, su capacidad de entender la vida y su ser tan humano, también lo fue para la comunidad de los padres. Un ejemplo a seguir para los padres jóvenes que querían ser como él; que en discusiones de muchas ideas él entregaba un comentario sencillo, pero lleno de sabiduría; que con su humor mejoraba los ánimos. Dedicado a los vínculos personales tenía la virtud de conocer el corazón de cada persona y de llegar profundamente a ese corazón.

Funerales

El lunes 27 de diciembre, día de la Fiesta de San Juan Apóstol, se realizaron los funerales del Padre Horacio. Su ataúd fue velado durante el día en la Iglesia del Espíritu Santo, y a las 18 horas, sus propios hermanos de Comunidad lo cargaron hasta la entrada del Santuario, peregrinando así por última vez a este lugar tan especial para él, donde aprendió a conocer y amar a María. Allí lo esperaba una gran multitud de personas que quisieron compartir con él esta despedida en su viaje hacia el Padre.

La Misa fue presidida por el P. Mariano Irureta, Provincial de los Padres de Schoenstatt, junto a Mons. Cardenal Francisco Javier Errázuriz. Acompañaron la celebración además muchos otros sacerdotes, entre ellos el P. Jaime Rivas, hermano del P. Horacio.

Con mucha emoción, el P. Luis Ramírez –quien fue ordenado sacerdote junto al P. Horacio, en 1964- hizo una homilía en la cual agradeció profundamente a Dios por haber conocido a quien fuera su hermano de Comunidad y amigo por tantos años.

Recordó que, providencialmente, ese día celebramos la Fiesta de San Juan Apóstol, el “discípulo amado por el Señor”. “El Padre Horacio fue como el discípulo amado, que corrió al encuentro del Señor Resucitado. De la misma manera, él corría al encuentro del Señor en los hermanos, en las personas”. Confesó además que “el misterio más profundo” del P. Horacio fue, justamente, María. “Tal como el discípulo amado, la acogió en su casa, la acogió en su corazón.”

“Su receta fue simplemente: amar. Juan Evangelista lo trae permanentemente: Ámense los unos a los otros”.

“Su sacerdocio profundamente mariano, su corazón sencillo, pleno de alegría. Alegría porque siempre sabía descubrir lo bueno que hay en cada persona, en cada situación, en la naturaleza.”

“Siendo sacerdote, la Santísima Virgen lo convirtió en un experto en matrimonio y familia. El enseñó a vivir la familia como un camino de santidad, de gozo y de encuentro con el Señor. Por eso el Señor, con una delicadeza extraordinario, quiso llevárselo en la fiesta de la Sagrada Familia… no podía ser de otra manera.”

“La paternidad sacerdotal, tan propia de nuestro Padre Fundador, la experimentamos profundamente en él, y esa paternidad suya nos acercó a la paternidad de Dios”.

“Creo que estamos todos de acuerdo en que el querido P. Horacio fue un trozo del Cielo, un momento del cielo para todos nosotros.”

A continuación del Padre Lucho, el P. Jaime Rivas, hermano del P. Horacio, dirigió también unas palabras. Recordó a su hermano con mucho cariño como un estudiante ejemplar, responsable, y como un joven que le gustaba gozar de la vida al mismo tiempo de ser profundamente religioso y apegado a Dios. Según el P. Jaime, otro secreto del P. Horacio fue el ejemplo de vida de sus padres, quienes desde siempre les inculcaron el amor a Dios y a su santa Madre. Esta fue la semilla que luego germinó y dio mucho fruto en su vida sacerdotal.

 

Recordemos, por último, lo que nos pidió en su carta: Que juntos no perdamos nunca la alegría de vivir y el sabernos hijos regalones de la Mater y del Señor.

 

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