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"Regalemos el carisma del Padre al mundo"

"Es nuestra misión, que hoy se ha hecho más urgente que nunca, regalarle a la Iglesia y al mundo de hoy, el carisma paternal y profético del Padre". Carta del P. Eduardo Aguirre a la Famila de Schoenstatt de Chile, en relación a la crisis que vive actualmente nuestra Iglesia.  

 

Querida Familia de Schoenstatt

Desde que salieron a la luz publica, a fines de abril, las acusaciones contra el P. F. Karadima, anterior párroco de la iglesia del Sgdo. Corazón del Bosque, en Santiago, se ha  comentado que la Iglesia ha sufrido un segundo y terrible terremoto espiritual. Estas acusaciones se vienen a sumar a los escándalos producidos por las conductas deleznables de sacerdotes en distintas partes del mundo y que han sido ampliamente ventilados por los medios de comunicación. Aunque se trate de un pequeño porcentaje no dejan de ser conductas vergonzosas y absolutamente reprobables, que inflingen un profundo dolor y un gran desprestigio a la Iglesia, creando una seria desconfianza en relación a los sacerdotes y el celibato en general. Con razón, el Sto. Padre Benedicto XVI ha dicho la Iglesia está herida en lo más profundo.

Estas situaciones y la manera de reaccionar de la Iglesia - en que se le acusa de lentitud y hasta encubrimiento - generan muchas preguntas y cuestionamientos.

El Santo Padre y los Obispos han insistido en que es necesario que estos hechos se aclaren y que se dilucide la verdad con toda transparencia. En los casos en que se ha demostrado la veracidad de las acusaciones de abuso de menores por parte de sacerdotes, han manifestado una conducta clara y decidida, pidiendo públicamente perdón por ello, y también porque en algunas ocasiones se habría encubierto estas situaciones. “No hay lugar en el sacerdocio para aquellos que han abusado de menores”, ha dicho Benedicto XVI.

Pero, ¿cómo debemos reaccionar nosotros frente a este terremoto que vive nuestra Iglesia? ¿Qué actitudes tomar? ¿Qué podemos hacer?

Como seguidores y discípulos de nuestro Padre fundador, en primer lugar, queremos esforzarnos por cultivar una actitud providencialista frente a las confrontaciones y escándalos que están minando la autoridad moral de la Iglesia. Una mirada de fe nos permite ver en esta situación la oportunidad de una profunda purificación y renovación. Podemos percibir un fuerte llamado a renovarnos en la aspiración y fidelidad al ideal de santidad que el Señor nos señala en el evangelio, que se sintetiza en el mandamiento del amor y se manifiesta en la veracidad y la humildad en el actuar, en el respeto a la dignidad de las personas, en el servicio generoso y desprendido a ellas, y en el serio esfuerzo por una constante conversión. Dios nos llama a reconstruir con fundamentos sólidos.

Con nuestro Padre fundador, queremos renovarnos y profundizar en nuestro amor y servicio a la Iglesia. Este “terremoto” sucede en el aniversario de los 100 años de ordenación del Padre; en el “Año Sacerdotal” que celebra la Iglesia universal y en el bicentenario de nuestra independencia, en el que la Virgen del Carmen peregrina por Chile.

Estos graves problemas que enfrenta la Iglesia y que han generado una gran desconfianza en la opinión pública frente a los sacerdotes, tocan un aspecto neurálgico en la vida de la Iglesia y la visión católica de la fe: la importancia de las realidades humanas y naturales como caminos, puentes o mediaciones para vivenciar la realidad de Dios y poder vincularse de forma personal a Él. La Iglesia, en cuanto realidad humana y natural, a la vez que animada por el Espíritu Santo y con la acción de la gracia, es puente o camino para que Dios llegue a los hombres y penetre en las realidades terrenas, y al mismo tiempo, para que los hombres se unan a Dios y orienten todo su quehacer hacia Él. Precisamente el sacerdote está llamado a ser garante de esta verdad, en la medida en que vive una profunda comunión de ser y de vida con Cristo. De esa realidad surge y se nutre su función de mediador. El sacerdote es puente en Cristo-Jesús, entre Dios y los hombres.

Pero si bien especialmente son los sacerdotes los que están en el banquillo de los acusados, los escándalos que se han destapado también evidencian un vasto y serio problema que penetra la sociedad a todo nivel; el deterioro de los valores morales, la crisis de la familia natural, la banalización y desenfreno de la sexualidad, la confusión y pérdida de identidad de los sexos, y en particular el delito de la pedofilia; todo ello nos habla de una crisis que afecta nuestra cultura actual. Al pedir perdón públicamente, la Iglesia ha dado un signo profético, que hace transparente un problema social profundo y que abre caminos de conversión y renovación en nuestro tiempo.

A la luz de la fe y en la escuela de nuestro Padre, podemos entender y asumir estos desafíos como una confirmación de la actualidad de nuestro carisma y un llamado a renovarnos en la conciencia de misión. Lo que está en juego es fundamental; tiene que ver con la armonía entre lo humano y lo divino, la unidad entre fe y vida. Esto es algo que nuestro Padre ha destacado especialmente en nuestra espiritualidad y pedagogía de la fe y que cultivamos especialmente a través de nuestra vida de alianza con María. Ella es la Virgen Inmaculada, en la que resplandece la dignidad del hombre redimido por Cristo; integrado, pleno, libre, veraz y animado por el amor. Ella es nuestra Madre y educadora, que nos ayuda en el desarrollo armónico de nuestra personalidad; en la integración de la afectividad, en la correcta comprensión y vivencia de la sexualidad, en la maduración y ejercicio de nuestra capacidad de amor en el plano humano y en el plano divino. Ella nos educa en la libertad de los discípulos de Cristo, que actúan con sinceridad, transparencia y coherencia con los ideales, no porque están vigilados, porque están exigidos por normas y reglas de comportamiento o amenazados con castigos y represalias, sino porque están animados por actitudes interiores y valores a los que adhieren de corazón y a conciencia.

¿Qué hacer en concreto?

Lo primero; rezar y ofrecer esfuerzos y sacrificios como expiación por los graves pecados de sacerdotes que han herido a toda la Iglesia. Rezar por las víctimas, reparar el mal que se les ha hecho y comprometernos activamente para que esto no vuelva a suceder.

Intercambiar sobre todo esto en nuestras comunidades y estimularnos a un mayor esfuerzo en nuestra aspiración a la santidad; en la seriedad de nuestra vida espiritual; en el respeto y el servicio desinteresado a los que nos rodean; a vivir con transparencia y coherencia en la verdad que nos hace libres, en la justicia y la misericordia.

Reafirmarnos en la importancia y la preocupación por la familia natural, donde se forma el “hombre nuevo en la nueva comunidad”, se gestan vínculos humanos sanos y se decide el futuro de la sociedad.

Agradecer por el sacerdocio de nuestro Padre. La celebración de los cien años de la ordenación sacerdotal de nuestro Padre y los tiempos que estamos viviendo, nos mueven a renovarnos creyentemente en el sacerdocio y la misión de nuestro Padre, en el cual toda la Familia de Schoenstatt y la Iglesia se pueden confiar. Su testimonio de vida sacerdotal, sellada por su alianza con la Santísima Virgen, hace que su profecía pedagógica y mariana sea creíble para tantos que buscan y se experimentan huérfanos por lo que ha ocurrido. Es nuestra misión, que hoy se ha hecho más urgente que nunca, regalarle a la Iglesia y al mundo de hoy, el carisma paternal y profético del Padre. Recemos para que su santidad de vida sacerdotal sea cada vez más reconocida por la Iglesia.

 

Unidos en la Alianza y en la fidelidad a la misión,

 

P. Eduardo Aguirre

Director del Movimiento de Schoenstatt - Chile