Carta de Sacerdotes a raíz de abusos

Más de 70 sacerdotes han firmado y leído esta carta en sus respectivas parroquias e Iglesias.

En primer lugar, nos duelen y avergüenzan profundamente los delitos y las situaciones de escándalo que seguimos conociendo de parte de miembros de nuestro clero. Nos duele por las personas que han sido heridas y abusadas y que muchas veces no han sido acogidas en su dolor. Esperamos que todos los delitos sean sancionados oportunamente por la justicia civil como corresponde y que también se apliquen las sanciones canónicas más rigurosas. El abuso no puede tener cabida en el sacerdocio.
Nuestra vocación sacerdotal la vivimos como una opción de seguimiento a Cristo y de servicio a los hermanos, y nos hace inmensamente felices. Hemos adherido con total libertad a ella y lo consideramos un regalo de Dios. Tenemos la responsabilidad de vivirla de acuerdo a lo que nos pide el Evangelio y la Iglesia. Nos avergüenza que hermanos sacerdotes, en quienes nosotros también habíamos puesto nuestra confianza, hayan cometido distintas formas de delitos y abuso. Nos duele por las víctimas y nos decepciona ver como degradan el sacramento del orden sacerdotal y también banalizan otros sacramentos como la confesión y el matrimonio. Sentimos, como tantos laicos, laicas y consagrados, dolor, rabia y decepción.
A muchos nos ha tocado escuchar, acoger y acompañar a víctimas de abusos, y nos impresiona y desgarra hondamente el dolor causado. Queremos comprometernos en primer lugar con ellos, para que encuentren en nosotros siempre una disposición de acogida y de ayuda. Queremos trabajar la prevención de abusos en nuestras comunidades y así hacer de ellas lugares de encuentro, seguros y transparentes, donde todos se sientan acogidos y respetados. Buscaremos estar más cerca entre nosotros, los sacerdotes, atentos a las señales que indiquen cualquier atisbo de abuso, de manera de poder prevenirlos y ayudarnos. Para esto contamos también con la cercanía y apoyo de los laicos. Queremos colaborar con la justicia civil ayudando a que se logre transparencia y se apliquen las sanciones correspondientes.
Esperamos que este tiempo de purificación nos convierta en una Iglesia menos poderosa a los ojos del mundo, pero, a los ojos de Dios, más cercana y misericordiosa, menos envuelta en el poder y más en el servicio. Necesitamos, junto con laicos y consagrados, colaborar en el cambio tan necesario para poder dedicarnos con libertad a lo más nuestro, que es el anuncio del Evangelio y el servicio a los hermanos.

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