Homilía 31 de Mayo 2019

Celebramos con alegría los 70 años del Tercer Hito de Schoenstatt en nuestro Santuario Cenáculo de Bellavista.

Queridos hermanos,

Nos reunimos en este día para celebrar como Familia Chilena los 70 años de la misión del 31 de Mayo, y dar comienzo a nuestra jornada Nacional de dirigentes. Lo hacemos agradecidos ante el Dios de la vida y ante nuestra querida Mater, que desde el Santuario ha velado y cuidado nuestra vida de Familia. Lo hacemos profundamente unidos a nuestro Padre, que confió en nosotros y nos regaló ser garantes de esta misión. El año pasado, en este mismo lugar, nos asombrábamos del regalo de ser Familia y de sentir ese “¡qué bien estamos aquí! Hoy con mayor razón agradecemos a Dios y a la Familia de Schoenstatt Internacional que nos acompaña. Saludamos especialmente al Dr. Biberger, Director General de las Hermanas de María, a la Sra. Birgit Winter de la Dirección General del Instituto de las Señoras de Schoenstatt, que ha traído la Cruz de la Unidad original desde el Santuario de Stuttgart. En ustedes saludamos también a todos los hermanos de diferentes partes del mundo, que están espiritualmente unidos este día a nuestro Santuario Cenáculo de Bellavista.

El Evangelio de hoy nos narra el episodio del encuentro entre María e Isabel, y ese encuentro nos marca profundamente. Es un trozo que nos hace sentir en casa de inmediato. Es la Mater la que saluda a Isabel y, en el contacto entre ellas, experimenta que son hermanas de vivencia, y se sienten de inmediato en el hogar, unidas en el mismo amor y nacidas desde el mismo corazón del Padre. Podríamos aventurarnos a decir que se sienten HIJAS amadas del Padre, tienen interiormente esa certeza: “soy la Hija que el Padre lleva permanentemente en su Corazón” (PK). Se trata de un momento en el que lo más propio de nuestra familia adquiere una especial luminosidad, el amor de las hijas las hace brillar ante el mundo como signo de gozo y desarrollo pleno. Por eso en este día de fiesta, donde queremos renovarnos, queremos pedirle al Padre Dios que por manos de María nuestra Reina, nos regale las gracias de la Santidad, para que este momento que vivimos como sociedad y como Iglesia podamos sentirnos fuertes como Ella y como Isabel, como los primeros apóstoles, que unidos a su madre María y en la fuerza del Espíritu Santo, proclamaron que Jesús es el Salvador y  testimoniaron con su vida y su ejemplo que el Amor es más fuerte y transforma y sana todo.

Pero para llegar a eso, ellos tuvieron que aprender a vivir del pensamiento: “Soy un hijo muy amado del Dios de mi corazón”, “El Señor está conmigo, no debo temer” (P.K.). Es el vínculo el que nos da la seguridad para desplegarnos. Desde la consciencia de que no estamos absolutamente solos en la vida es que podemos brillar con la luz de María, Isabel y los apóstoles. Nuestra Madre y Reina, María, en aquel encuentro transforma la vida de Isabel, de Zacarías y de su entorno, y lo hace desde la consciencia del vínculo de Amor y misericordia que la une a Dios. Ese mismo Dios que la invitó, que la redimió desde su concepción y que ahora está en su vientre. Esta realidad del vínculo se encuentra profundamente atada a nuestra Tierra Santa de Bellavista. Sabemos que la Misión no es sólo un gran proyecto apostólico, sino que se enciende desde la vivencia de los vínculos. Nuestro Padre nos lo dijo en varias oportunidades. Hoy les propongo volver a una frase suya que está muy unida a nuestra misión y experiencia de Bellavista: “Los santos llegaron a ser santos, en la medida que se experimentaron a sí mismos profunda e incondicionalmente amados por Dios”. Pienso que esta frase que nos regaló nuestro fundador tiene que grabarse a fuego en nuestras vidas, más aún, me atrevería a decir, que es una respuesta a muchas de las dificultades que enfrentamos como sociedad e Iglesia. Esta realidad y verdad nos sana, nos da la conciencia de Misión de María y los primeros apóstoles para dar testimonio del Evangelio en el lugar en que nos toca vivir.

Pero en el camino de nuestro carisma, para que se haga realidad todo esto debemos acercarnos al corazón de la Mater. Ella fue una Mujer que tuvo la audacia y la fuerza de ser la depositaria del mensaje de Jesús, que supo ser fiel a la misión de su Hijo, que mantuvo la unidad de los apóstoles, que encendió con su fuerza y su esperanza, los momentos de desencanto, temor o desilusión de los apóstoles. En Ella y con Ella hemos aprendido que el Reinado de su hijo consiste en el servicio desinteresado a la Vida. En Ella también hemos visto esa exquisita forma de estar, que llamamos el espíritu de Inmaculada. Ese instinto sobrenatural que Dios ha sembrado en cada uno de nosotros, esa raíz de bien, de belleza y de verdad que nos impulsa a ser más bondadosos, más respetuosos, más llenos de misericordia, en la alegría de sabernos Hijos amados del Padre, caminando a su encuentro en este mundo… sembrando Amor, Paz y Alegría. Por eso también cuando hablamos de los vínculos como algo esencial y medular en el contenido del 31 de Mayo, tenemos el ejemplo vivo de nuestra querida Mater y, en Ella, hacemos presente a todas las mujeres de nuestra Familia que nos acompañan en nuestra vida de Alianza. Es por eso que en este día me atrevo a meditar sobre el inmenso don que se nos ha regalado, al tener a María como nuestra Madre y Reina, y lo que Ella ha significado en la construcción de nuestra Familia.

En este espíritu, quisiera detenerme un poco en el inmenso don que significa la Mujer en Schoenstatt, y cómo las mujeres son un signo de esperanza para nuestra Iglesia de hoy. María derramó esa hermosa cascada de gratitud y alabanzas que hasta el día de hoy resuena como un canto de misericordia, el Magnificat; podríamos decir que es el himno de la revolución de la ternura que hoy proclama nuestro Papa Francisco. Esa canción resuena en las vidas de las hijas de Schoenstatt de todos los tiempos. ¿Qué sería de Schoenstatt si no fuera por esas primeras Hermanas de María, columnas de sustento y arriesgadas aventureras de la primera hora? ¿Qué sería de nuestra Familia sin la guardia fiel, escondida y creativa de las Señoras de Schoenstatt que han sembrado un verdadero huerto en los espacios más inesperados? Ambas comunidades, junto a la federaciones y ligas de mujeres, de madres, la Juventud Femenina y las muchas otras comunidades femeninas, han sido una preciosa encarnación del 31 de Mayo. Una encarnación humana, y por eso siempre desafiada a la purificación de formas y modelos, pero una encarnación original y llena de vida. Reconocemos, hoy en ustedes, las mujeres que hoy nos acompañan y las de toda nuestra historia, a las hijas del Padre, a las pequeñas marías; son ustedes verdaderos centros vinculares donde se amarran de un modo realista y concreto las relaciones familiares y eclesiales.

Atravesamos un tiempo crítico, una etapa de tormenta en nuestra Iglesia. Estamos aprendiendo mucho pero a veces también nos asustamos de que la barca se mueva demasiado. Entonces miro al pasado y veo que algunas de las dificultades del presente podrían haber sido evitadas si hubiéramos dejado que las mujeres y su actitud hacia la vida tuvieran un rol más central. 31 de Mayo significa vínculos, y muchos de los errores del pasado tienen que ver con lo contrario: una visión mecanicista del otro, tanto en las negligencias, abusos y delitos mismos como en el tratamiento a las víctimas… hizo falta una perspectiva vincular. Ustedes, mujeres, hermanas en la fe, nos hicieron falta y nosotros no facilitamos que pudieran tomar ese lugar de protección. La mujer, en su sentido de justicia, en su respeto por los más desvalidos, en su capacidad para empatizar con la vida de otros son un seguro para evitar que el pasado se vuelva a repetir. Y para eso es preciso que algunas cosas cambien.

Necesitamos que las mujeres, tal como María, estén en el centro. Es cierto que estamos en medio de un proceso de reconocimiento en el que más y más mujeres se destacan, y muchas veces lo hacen complementando desde otro paradigma. Para mí, un símbolo de aquello es la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Jacinta Arden, que no renuncia a ser madre en ninguna circunstancia, y que respondió a los ataques terroristas de Christchurch con un mensaje de paz muy amplio, manifiesto en abrazos, en la negación de responder a la violencia con palabras agresivas y en una verdadera cruzada por la protección de las minorías religiosas. Así se cambia el mundo. Aquí, en esta Jornada Nacional de Dirigentes las mujeres son una alta proporción, y ocupan lugares de liderazgo en comisiones, grupos de trabajo y conducción. Qué bien que así sea, pero cuánto más tiene que cambiar nuestra Familia, la Iglesia y nuestra sociedad. Cuánto ganaría si cambiase y abriera más espacios a las mujeres. Ellas, como centros de vinculación son un elemento clave de la Cultura de la Alianza que estamos construyendo. Para esta conversión, hay que abrir las estructuras eclesiales – y aunque no tengo plena claridad de cómo hacerlo- debemos esforzarnos para dejar que todo el tesoro de lo femenino tenga un lugar más asegurado y reconocido en nuestra institucionalidad.

Queridas hermanas y hermanos en la Alianza, pidamos la bendición de nuestro Padre para que este aniversario de la Misión nos podamos renovar en el amor; en el amor incondicional del Padre Dios, en la Alianza de Amor con la Mater, en los vínculos fraternos y familiares que nos unen como comunidades y como una gran familia. La crisis que atravesamos toca lo medular de nuestro carisma: el mundo de los vínculos. Cuando se destruye la confianza nos miramos de lejos y con recelo, y ahí no es posible que surja el Jardín de María con todas sus especies de virtudes. Y no sería bueno que la desconfianza siga avanzando hacia una parálisis de nuestras fuerzas, instalando la desunión en nuestra Familia. La Mujer, María, y nuestras hermanas en la Alianza, nos pueden enseñar mucho de cómo volver a tejer relaciones entre nosotros, desde un cuidado delicado y respetuoso de la dignidad de cada uno. A todas ellas hoy les agradecemos, y las consagramos para que juntos podamos acrecentar su influencia y acción en la vida de nuestra Familia e Iglesia, y así, con nuestro Padre y Fundador, podamos hacer vida la oración: “Aseméjanos a Ti y enséñanos a caminar por la vida tal como Tú lo hiciste, Fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz, y alegría. En nosotros recorre nuestro tiempo, preparándolo para Cristo Jesús.” Amén!

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